DEEP PURPLE: Splat!
Por: Psychonaut
Hablar de Deep Purple es hablar de una institución. Si bien la banda ha sufrido numerosos cambios de alineación, conserva una gran legión de fans gracias a sus grandes clásicos con la MARK II y la MARK III. Sin embargo, desde la salida de Ritchie Blackmore, la banda no había creado discos que hicieran retumbar la escena del Rock; siempre se sentía una falta de eso que los hacía extraordinarios. Tras la salida y posterior muerte del gran Jon Lord, daba la impresión de que el grupo sacaba discos más por el compromiso de estar de tour que por gusto. Al menos esa era la posición de muchos fans de hueso colorado que no podían aceptar al proyecto sin sus dos figuras, musicalmente hablando, centrales.
Sin embargo, llega Splat! con una sola promesa: ser el disco más pesado de la banda en muchos años, siendo además el primero desde Rapture of the Deep (2005) sin escritores externos y concebido como un verdadero trabajo de equipo. La pregunta es si esto fue cierto o solo publicidad. La respuesta es contundente: claro que fue cierto. Sin duda alguna, estamos ante el mejor álbum de Purple desde la salida de Blackmore. Increíble cómo una banda en la etapa tardía de su carrera logra entregar un material de este nivel.
El álbum abre con el primer sencillo, “Arrogant Boy”. Desde las primeras notas uno se da cuenta de que este trabajo es diferente. La entrada del guitarrista Simon McBride se nota de inmediato, inyectando un filo de Blues y Hard Rock directo que contrasta con la era más técnica de Steve Morse. Pero más importante aún es el trabajo de teclados de Don Airey: impecable, cargando con el peso que mantiene a todo el álbum muy por encima de cualquier otro lanzamiento reciente de la banda. Partes atmosféricas, pasajes muy blueseros y mucho Hard Rock clásico hacen de esta canción y de varias otras del álbum un verdadero festín para los amantes del rock más puro.
Como segundo sencillo tenemos “Diablo”, una canción del más puro Deep Purple con un sonido que evoca directamente la vibra de álbumes emblemáticos como Machine Head o “Woman from Tokyo”. Para este punto de la escucha, la línea para medir el disco ya está muy alta. Si bien el solo de guitarra no busca ser magistral, es sumamente cercano a lo que se hacía en la época clásica, entregando esa típica e histórica batalla campal entre la guitarra y los teclados.
El tercer sencillo, “Guilt Trippin’”, podría llamarse la joya de la corona. Cuenta con toques más progresivos y un trabajo de teclados sencillamente excepcional. Con tintes psicodélicos y una letra escrita desde la perspectiva de Dios, hacen de esta pieza la más refinada de todo el álbum. Por ratos pesada, por ratos progresiva; una canción nacida para convertirse en un clásico instantáneo.
¿Qué hay del resto del álbum? Es un buen disco, superior a los anteriores, aunque las demás canciones no resaltan de la forma tan descomunal en que lo hacen los tres sencillos principales. A pesar de eso, es sin duda alguna su mejor obra desde The Battle Rages On… (1993).